De pronto para “ya” no es.

De pronto para “ya” no es.

De pronto para “ya” no es.

“¡Yayaístas!” “¿Qué?” “Ya-ya-ís-tas” “¿Per-dón?” “Sí. No hay planes, no hay pausas, cada frase, cada orden y cada cosa, todo lo rematan con el ya. ¿Para cuándo es cualquier cosa? pues hombre, p’a ya.” Eso me lo dijo un francés con quien trabajé cuando era asistente de investigación en la universidad.

En ese momento me causo gracia y no entendí muy bien a lo que se refería aquel hombre hasta que me incorporé al mundo laboral.

Entre los jefes el ya no solo es una simple palabra, el remate autoritario detrás de “tráigame un tinto” (escriba “ya” al final) o detrás “arregle esa vaina” (ya sabe que poner). Sus significados son variados: si usted termina con el ya, no solo quiere las cosas ahora, se muestra resuelto, determinado, seguro, incluso interesante. Si usted dice “ya”, el “ya” es urgente, el “ya” es como la negrita, todo lo subraya.

Los bogotanos no queremos solamente arreglar nuestra ciudad, lo queremos ahora. El plan de desarrollo, ya; el proceso de paz, ya; bajar el desempleo, ya; remediar la pobreza, ya; el tráfico, ya. Y claro, el gancho aparece a este palabra, los compañeros usuales del ya: se le tiene, no más diga, yo se lo coloreo, listo jefe, todo está preparado, todo está p’a antier.

Qué extraña medida del tiempo, que forma tan curiosa: el ahora es la única condición que conocemos. Y de pronto es una condición muy pobre.

Lo simpático del asunto y como bien lo anotaba aquel francés, es que nada está para “ya”, la contratación del estado p’a ya se demora casi nueve meses y cuando ya está listo todo para publicar “ya” pasó el tiempo y “ya” no se puede contratar, y esta es la respuesta de por qué las entidades no ejecutan la mayor parte del presupuesto, por qué los proyectos no salen bien y de otras muchas cosas que se quieren “p’a ya”.

El p’a ya para lo único que sirve es para estresar a todo el mundo. ¿Pero por qué rayos queremos todo p’a ya? … será una tara mental que nos quedó de los cuentos de hadas que leímos en la infancia, en los cuales aparecía el hada madrina o el genio de la lámpara y solucionaba todo en un instante, o será el acoso de la tecnología que crea una sensación de simultaneidad e inmediatez que devalúa de manera creciente la formas de la espera y la lentitud, como dice Lipovetsky.

Así no nos guste todo toma un tiempo y el mejor ejemplo nos lo da la naturaleza. Sí sembramos una semilla hoy, por más que le ordenemos a los gritos “crece ya” solo crecerá en el momento que deba hacerlo, y lo hará cumpliendo todas sus etapas desde su germinación, pasando por la floración hasta la maduración de sus frutos, no se saltará ninguna etapa, no tomará atajos, simplemente lo hará.

Hasta la próxima y despacio que voy de afán.

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