Un año vegano (Primera parte, la ruptura)

Por: Fernando Galindo.

Lo decidí, era mi última hamburguesa. No deseaba esas hamburguesas acartonadas que parecen muestras gratuitas en el supermercados, no, quería que fuera enorme, que tuviera queso, tocineta, huevo, que tuviera tantos extras como se pudiera, que fuera tan desmesurada que me costara abrir la boca para darle el primer mordisco a los dos pedazos de carne, a la tímida lechuga, a los pepinillos que no tardarían en escaparse del pan. Era la última hamburguesa y debía ser especial. ¿Papas? Agrandadas, por favor; ¿Bebida? Qué tal una malteada, con trocitos de chocolate aquí y allá. Yo adoraba las hamburguesas, sentía pasión por la pizza, me encantaban los perros calientes, devoraba helados, pero esta dieta tan despreocupada debía terminar, tenía que hacerlo, esta sería la última hamburguesa, el último pedazo de carne. Delante de mí se levantaba el mayor de los desafíos, reescribir, de todos, el hábito más importante.

No, yo no comía tan mal. ¿Había subido de peso? Sí, algunos kilos, pero hacía ejercicio y aunque en un par de oportunidades mis exámenes lucieron mal era cuestión de practicar algunos ajustes y, en un par de meses, recuperaba la forma y regresaba a la normalidad. Ya poco a poco había introducido algunos cambios, había dejado de comprar tantos empaquetados, tantas chocolatinas y pensaba que la dieta que seguía aquí en casa era suficiente, pero de repente ocurrió, me di cuenta de algo verdaderamente asombroso, algo tan evidente que no tardó en parecerme…tonto. Mi comportamiento caía en una ingenuidad casi insoportable. Me explico.

Desde muy temprano sentí que el cuestionamiento era una de las llaves para conseguir una mejor vida, una vida más ética, más honesta. Cuando Sócrates sentenció que una vida sin examen no vale la pena ser vivida, sentí que la tarea de la filosofía había sido señalada con una claridad contundente: debemos preguntar, por incómodo que fuera; hay zozobra en las dudas, pero también liberación. Y a lo largo de los años decidí preguntarle a las grandes tradiciones religiosas y políticas, pero nunca pensé que la comida fuera tan importante, pensé que las preguntas debían ser dirigidas a los grandes temas y que la comida no era una de ellos. Desde luego, estaba equivocado.

Y cuando comencé a preguntar atravesé los típicos estados de quien ve un edificio desmoronarse. Y en aras de hacerlo más claro, voy a enumerarlos.

  1. Primero, simple y pura negación. Miles y miles de personas se quedan en este estadio y los comprendo, resulta difícil darle crédito a las barbaridades que se comienzan a encontrar… y son una y otra, se apilan los datos sobre el trato a las carnes y a los animales, sobre los componentes que abundan en las salsas, sobre los componentes de ese pedazo de ponqué, de la chocolatina, del bistec. Produce vértigo. Muchos optan por negar de nuevo. Decir, con un orgullo muy pálido, que es preferible ignorar. Lo único que me importa de la salchicha es que sabe bien, ya preguntar de dónde vino, cómo la hicieron, cómo afecta el cuerpo humano, eso… mejor no.

 

  1. Segundo, indignación. Ya reconocemos que la situación es deplorable y comenzamos a buscar culpables. Nos formulamos mil preguntas: ¿Cómo es posible que se permita la venta de estos productos? ¿No deberían decirnos? ¿Pero es que no hay nadie que consulte las estadísticas? Nuestra confianza en las instituciones recibe otro golpe más.

 

  1. Tercero, reconocimiento colectivo. De repente entendemos. Y levantamos la mirada y nos damos cuenta de que el desorden alimenticio en que vive nuestra sociedad está por doquier. Todo cobra sentido: desde las enfermedades coronarias hasta la diabetes, desde la galopante obesidad infantil hasta las adicciones a las gaseosas. ¿Qué dictamen podríamos arrojar en una sociedad donde hay millones de personas obesas y millones de personas a punto de morir de inanición?

 

  1. Cuarto, reconocimiento personal. Sí, también hemos participado de eso. También hemos escogido la ignorancia. También hemos dado la espalda. La parte más difícil de todo esto es responder a la pregunta de cuánta participación hemos tenido, cuál es nuestra responsabilidad.

 

  1. Quinto, decisión. ¿Qué vamos a hacer al respecto?

 

La negación no fue sencilla. No me faltaba un prejuicio al respecto. En más de una oportunidad había discutido con vegetarianos y había despedazado sus argumentos una y otra vez. Mientras ellos hablaban de salvaguardar a los animales, yo los refutaba hablando de su desconocimiento de la naturaleza; mientras ellos hablaban de conservar un equilibrio, yo sostenía la necesidad de aceptar la tragedia de la vida. La vida vive de la muerte, que la presentación del sacrificio haya cambiado es un tema, pero el principio, decía, se mantiene. Y con argumentos así podía abrazar tranquilamente mi dogmatismo alimentario. No hay nada erróneo en mi dieta, nada, así, tal cual, está muy bien: cualquier alternativa sería una negación de mi naturaleza, me haría una persona débil, crearía un enfermo donde había un deportista, no.  De repente me informé.

Y los viejos prejuicios comenzaron a disiparse uno después del otro. Vivía envuelto en un dogmatismo, vivía manipulado a cambio de mi salud y mi fuerza, en aras de los intereses de unos, que poco o nada piensan en mi salud. Tuve que liberarme del espíritu de la comodidad para aprender a leer los ingredientes e informarme mejor. Paulatinamente iban saliendo algunos productos de la canasta del mercado.

Me indigné, pero en este momento de mi vida no era una sorpresa comprender que los gobiernos fueran manipulados por algunos para salvaguardar sus intereses, que los ciudadanos fuéramos contemplados desde la perspectiva mezquina de consumidores y productos desechables según las circunstancias y las conveniencias. Esta es una realidad dolorosa, pero realidad sin embargo. Levanté la cabeza y reconocí la magnitud del problema. Sabía que la dieta que la mayoría llevaba tenía un componente sobre la salud del hombre, y si bien hay cientos y cientos de discusiones al respecto, algunos de los mayores especialistas han sentado su voz clara sobre los efectos de la carne en el cuerpo humano. Cuando la OMS (La organización mundial de la salud) recomendó moderación, la pila de evidencia que relacionaba la carne roja con el cáncer había alcanzado una masa crítica. Pero fueron astutos, la palabra “moderación” maquillaba todo de forma extraordinaria.

Pero esta situación no era solo culpa de los demás, del sector público y del sector privado, esta también es mi responsabilidad. Y pronto recordé varias de mis largas conversaciones con vegetarianos y ese fastidio que me producían por querer descubrir mis culpas justo cuando estaba comiendo un pedazo de carne. Me irritaba. Me costaba tolerarlo. Me hablaban de las tristezas de las vaquitas justo cuando llegaba a mi nariz el delicioso e inconfundible aroma del bistec, me hablaban sobre la crueldad, el maltrato, la mezquindad. La carne no me sabía igual. Y yo, a cambio, atacaba: y uno y otro nos dañábamos el almuerzo: él, mi bistec a caballo; yo, su tofú.

Yo he sido responsable en esto, no puedo negarlo. Me di cuenta de que estaba a punto de tomar una decisión que afectaría cada una de las relaciones en mi vida, pero no podía jactarme de ser un referente moral al respecto: cambiar mi dieta no iba a borrar mi pasado. Si los pollos hicieran un juicio por la hecatombe que les hemos causado, yo también sería culpable. Comí pollo cuando tenía hambre, cuando estaba lleno, por necesidad, por gula, por diversión, por desocupado, por curiosidad, por desafíos, por cualquier cosa, yo tomaba un pata de pollo y la degusté, a veces lenta y minuciosamente, a veces de manera voraz. A menudo dejaba los huesos pelados; en algunas ocasiones arrojaba las presas a la basura tal cual habían llegado a mi plato: rabadilla, pata, alita y pechuga. Lo supe antes de iniciar este camino: yo no sería un referente moral; me sentiría satisfecho si con el paso de los años fuera un referente para mis cercanos de que se puede cambiar, que vale la pena hacerlo.

No es sencillo, claro.

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