Un año vegano (Segunda entrega, la crisis)

Por: Fernando Galindo

Pero cambiar de dieta de una manera tan radical exigía que tomara todas y cada una de las medidas del caso, que pensara en mi salud, en las relaciones sociales, en la manera de hacer el mercado, en mis pobres estrategias culinarias. El primer paso era consultar a un nutricionista y a un doctor. Quise también practicarme un cuadro hemático para tener un punto de referencia sobre mis medidas del azúcar, los triglicéridos y el colesterol. Los primeros días no fueron difíciles, decidí ser vegano, no vegetariano, renunciaría… ¿esa es la palabra? No. Dejaría cualquier derivado de los animales, no comería la variedad de carnes, desde el pescado en el sushi hasta el pollo y sus alitas; no ingeriría derivados lácteos, desde el helado hasta el queso. No, no fueron difíciles lo primeros días.  El entusiasmo me invadía. A diario miraba documentales y consultaba páginas de internet. El doctor y una nutricionista me habían dado vía libre, me habían advertido de la necesidad de consumir B12 (ya hablaremos al respecto), y de estar atento a cualquier manifestación singular que ocurriera en mi cuerpo, pero tenía vía libre… y comencé. Pero comencé con una idea clara que siempre apareció en el horizonte: esto no era una camisa de fuerza.  El primer paso sería ser vegano por 21 días. Al siguiente haría arqueo de cuentas.

Y pasaron las semanas y mi paladar comenzó a cambiar lentamente. Algunos consideran que cambiar de dieta empobrece nuestras opciones, pero resulta todo lo contrario. Durante años llevaba comiendo lo mismo con algunas variaciones ocasionales, pero comía, en suma, igual; en cambio ahora y desde entonces comencé a degustar otras frutas y otros vegetales que antes no tenía en cuenta, conocí otros lugares, nuevas y renovadas formas de cocinar, distintos platos, diferentes postres. El placer estaba ahí y el rango de opciones comenzó a crecer. La alegría de comer no desapareció. Y no ha desaparecido aún.

Me sentí más fuerte, más lúcido, esas tardes donde la carne me mandaba a dormitar durante una hora después del almuerzo eran cosa del pasado. Los malestares estomacales desaparecieron como también los problemas de colón. Bajé unos cuantos kilos, me ejercité tranquilamente y entendí que el estereotipo del vegano débil es una completa tontería. Hay boxeadores, deportistas de altísimo nivel, campeones del iron man, cuya dieta vegana en lugar de entorpecer su desempeño les ayuda a conseguir la excelencia en sus diferentes campos. Comencé a sentirme mejor. Son muchos los que adoptan la dieta vegana en aras de mejorar su salud, ese no era mi caso, en términos generales yo me sentía bien y el aumento en el colesterol y el azúcar lo resolvía sin mayor inconveniente. Me sentía normal, pero siendo vegano me siento mejor.

Hay tres caminos que llevan hasta aquí: el primero es la salud, no son pocos los que advierten como un componente fundamental de sus malestares la dieta que llevan y deciden entrar en este mundo, informarse mejor, comer diferente. Según miles de testimonios las diferencias aparecen pronto. Al respecto sugiero que el lector consulte otras entradas, documentales y textos que dan cuenta de los beneficios de esta dieta.

El segundo camino es el medio ambiente. Las preocupaciones del día a día quieren hacer parecer este tema como marginal, pero de todos los temas me atrevería a decir que este se encuentra entre los más importantes. Solamente un caos planetario desembocaría en una guerra nuclear donde las grandes potencias vacíen sus existencias de ojivas nucleares uno contra la otra, convirtiendo a las ciudades en hirvientes campos humeantes donde ni un trébol se asome de la tierra, pero a pesar de las dificultades, y los noticieros insisten en que no son pocas, quiero ser optimista y pensar que estamos lejos de una situación así. Solamente hay un mal político que amenaza directamente la existencia de nuestra especie: y es la negación y la falta de medidas drásticas para controlar el cambio climático. La contribución de la ganadería al respecto es inmensa, es incluso mayor que la que producen los carros. ¿Parece increíble, cierto? Invito al lector a que se informe al respecto.

El tercer camino es los animales. No, la vaca no muere dejando un testamento donde señale que quiere donar su cuerpo a los pobres humanos hambrientos que quieran transformar su cuerpo en combustible para sus alegrías. No, el pollo no muere plácido después de una vida tranquila y sencilla. No, el pez no se siente liberado por salir en red del mar. Nuestro mundo está lleno de miles de campos de concentración (la expresión es del escritor judío Bashevis Singer, el premio nobel de 1968) donde torturamos millones y millones de animales. Nos sentimos alarmados porque en China haya un festival donde se vendan perros para comida, (y cientos de activistas van a rescatarlos).  Nos avergüenza la cacería de delfines por parte de los japoneses, pero como sociedad no tenemos autoridad moral alguna. No la tenemos, así de sencillo. Vivimos en un estado de negación frente a los mataderos, no queremos saber qué pasa allí, es así de simple. Que torturen, despellejen, descuarticen, rompan, quiebren, muelan, a la vaca, que licuen a los pollitos, que despedacen a los peces. Si nuestra lucha es contra el sufrimiento, los mataderos desdicen cualquiera de nuestros esfuerzos.

Cientos de personas simulan que hay una disyuntiva frente a los dones de la salud de las dietas veganas, y la discusión, según algunos, sigue abierta. Cientos también niegan la existencia del cambio climático (incluso toman curso para reforzar sus argumentos). ¿Pero quién podrá negar la tortura que el mundo practica en sus perros, vacas, pollos y delfines, por nombrar algunos? Claro, esto es molesto de decir, molesto de leer (lo sé), es molesto, pero es verdad. A mí también me molestaba, pero sabía que era verdad. No somos los cazadores cuya subsistencia está en riesgo por no cazar el búfalo de la pradera; no vivimos con los esquimales que necesitan de las focas para sobrevivir. Tenemos una opción. Que queramos tomarla, ese es otro tema.

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