Compras a granel en un Mercado Medieval

Vista del Mercado desde el puente.

Desde el puente que atraviesa el Río Lima, al que los romanos llamaron el río del olvido por confundirlo por su belleza con el mítico río Lete, veo el mercado. Se extiende por la calle principal paralela al río y su alameda. Son varios puestos agrupados por carpas y hasta trailers que le dan un poco de alegría a este día invernal.

Una calle del mercado

Cada quince días desde el siglo XII, campesinos, artesanos y comerciantes en general traen sus productos para ofrecerlos en el pueblito más antiguo de Portugal. Parece un día de fiesta. Un puesto de plantas y semillas parece adornar la vía al ofrecer sus cactus,suculentas, pensamientos y otras plantas en flor que me hacen pensar que el fin del invierno está cerca. Los panes y galletas tradicionales que ofrecen en otro, desprenden un olor que me invitan a comer algo tentadoramente delicioso en medio de la mañana.

Plantas suculentas que se ofrecen en el mercado.

Antes de empezar me encanta curiosear por varios puestos y así paso por las artesanías que con sus golondrinas en cerámica me anuncian la primavera y los canastos me hacen añorar los días soleados del verano. Sigo al puesto de las maderas y me encuentro con herramientas hechas a mano para utilizar en el jardín, veo posibles detalles que me gustaría regalar como unos pequeños llaveros de madera en forma de osos o una navaja sencilla que necesito para usar en el jardín

Me gusta pasar por el sitio en donde algunos campesinos venden pequeños animales de granja especialmente: gallinas, patos y conejos. Pienso que han tenido mejores vidas que los animalitos que viven en granjas industriales. Algún día me gustaría traer algunos a casa para que formen parte del ecosistema que estamos construyendo y de alguna forma crear un pequeño santuario para animales de granja. Pero por ahora esta idea se ve lejana, me conformaré por el momento en darle albergue a pájaros e insectos benéficos.

El tiempo pasa rápido y más vale que inicie a buscar los alimentos que tengo en mi lista, los cuales los voy a comprar a granel y sin empaque. En este lugar así como en otras plazas tradicionales me ofrecen la posibilidad de comprar por lo menos algunos productos de este forma y de paso apoyar a las economías locales. He traído conmigo mis bolsas de tela, las cuales hice hace un tiempo con una tela de algodón y otras con un forro de una sudadera vieja, también traje algunos contenedores para algunos frutos secos, si los veo.

Comprando tomates a granel en el mercado.

Comprar en un mercado abierto así como en una plaza o un mercado tradicional tiene muchas ventajas, entre estas tener un contacto más cercano con el campo y su realidad. Es un punto de encuentro entre vecinos y amigos que se detienen a hablar en las calles, se estrechan las manos, se dan abrazos y hasta dos besos, una en cada mejilla, a la despedida.

Granos que se ofrecen a granel en el mercado.

He comprado algunos granos y semillas, al tendero le han parecido simpáticas mis bolsas de tela. En otro puesto ya me conocen y les parece normal que no necesite bolsas plásticas para empacar las compras. Aún me falta encontrar los delantales de tela que necesito para la cocina y por eso paso por la zona de confecciones en la cual encuentro las promociones más irrisorias de ropa desde dos euros. Casi toda “Made in China o PRC” y casi toda 100% Poliéster.

Es difícil encontrar algo local, porque hasta lo que parece local o artesanal resulta chino. En la tarea de revisar marquillas y materiales pienso que esta adopción desmedida de la Internacionalización de la economía y de la especialización del trabajo promulgada por David Ricardo en 1817, en el largo plazo le ha hecho mucho daño social, económico y ambiental a varios comunidades. Por fin entre tanto buscar encontré algo local y 100% algodón.

Delantales, compré dos de éstos.

Venir a estos espacios me genera una gran fascinación porque veo el mercado en acción y la diversidad local. Mis compras por este día han terminado, el aire libre y el olor de la frescura de las frutas y verduras me han sentado bien, me imagino que encontraré más espacios así…

Mis compras a granel en el día.


Campesinos con Wifi ( Primera parte: El deseo cumplido de la Hippie que vive en mí)

Caminando por lugares cercanos, zonas entre lo rural y urbano,

Era una de esas  noches  Bogotanas en las cuales  regresaba a  casa del trabajo, desde del centro al norte de la ciudad. Con una niña en brazos y dos bolsos en los hombros entre apretones, estrujones y empujones logré “entrar al vacío como una sardina enlatada” en uno de los buses del  sistema de transporte de mi ciudad, TrasMilenio. Me mantenía en pie por el tumulto,  rompiendo cualquier “paradigma del espacio personal”, por fortuna una persona cortés me ofreció su silla  y  pude descansar.

 

En el camino a casa le decía a la persona que me acompañaba en ese trayecto que estaba cansada de ese estilo de vida de estrujones, trancones, horarios y de deuda. Al parecer, a pesar de tanto trabajar durante los últimos quince años que llevaba como profesional,  y de haber conseguido buenos empleos, corrijo- buenos contratos-, parecía que solo trabajaba para seguir trabajando. Y por motivación tenía  las cláusulas penales, pecuniarias, disciplinarias, que se aceptan en ese tipo de contratos.

¿No era algo estúpido vivir así? Fui notando que el señor que tenía de compañero de silla comenzó a prestarme atención así como las personas que se encontraban apretujadas en la zonas destinadas para  coches y sillas de ruedas en el  bus articulado. No es difícil que me pusieran atención, por lo general no soy consciente de que hablo bastante alto, en mi defensa solo puedo decir que es mi personalidad  espontánea que se expresa así.

Vid en un campo vecino

Entre las miradas indiscretas y los oídos curiosos proseguí en mi “soliloquio”.  ¡Pero si es tan sencillo vivir! ¡Porque tenemos que pagar por todo! Hasta en la Biblia lo dice, y en tono de  sermón recite  lo que me acordaba de Mateo 6 versículo 25 -34 : … “Miren las aves que vuelan por el aire, que no siembran ni cosechan, ni guardan la cosecha en graneros; sin embargo, el Padre que está en el cielo les da de comer”... “Fíjense cómo crecen las flores del campo, que no trabajan ni hilan” y  “ni el rey Salomón, con todo su lujo, se vestía como una de ellas”.

Cabras vecinas

¿Podría yo tener unas cuantas gallinas y así tener huevos para el desayuno? …¿Cierto?… No, mejor no; ya me imagino a la gallina furiosa persiguiéndome porque le robé a los hijos y  eso de matar pollitos no es lo mío, prefiero ser vegetariana. Unas cuantas sonrisas se comenzaron a dibujar en algunos rostros. Podría cultivar unas lechugas y unos cuantos tomates y así otras verduritas. La persona que me acompañaba soltó una carcajada y dijo: ¡Uy! ! “supersona” lo que “vusque” quiere es ser campesina!

Gallinas vecinas

Mala idea no es – le dije. Cuando era niña decirle a una persona “campesino” era un insulto, pero hoy en día con tanto plaguicida, el incremento de casos de cáncer y los cultivos transgénicos si uno no es campesino por lo menos debe tener como mínimo su campesino de confianza, así como se tiene el médico, el abogado y hasta el mecánico.

Ovejas vecinas

Pero a  mí me gustaría ser una campesina un poco hippie- proseguí la conversación. Quisiera saber de yoga, meditación o por lo menos practicar Tai chi, andar descalza por el campo, usar el cabello bien largo y hasta usar faldas con estampados. ¡No me la imagino!  Usted no tiene ni pinta de hippie ni mucho menos de campesina- dijo él.

Por fin llegué a mi parada,  entre el tumulto logré salir de aquel bus.

Los Neocampesinos

A veces sabía de alguna persona que había dejado su empleo y su vida citadina para mudarse al campo. En mi país los llaman los Neocampesinos, también  conocí personas que habían traído algo del campo a la ciudad, sembrando en huertas comunitarias, jardines y hasta en el espacio público.

La nena saludando un caballito

Viviendo en el campo

Diez años más tarde, me encuentro aquí… si aquí, en el campo pero en otro país, en otro continente y a veces parece que en otro planeta. Cambié  mis tacones por unas botas de jardín, el bullicio de la ciudad por los sonidos del campo, mi agenda de trabajo por un cuaderno para la huerta, los pesados archivos públicos por libros de agricultura, las reuniones de trabajo por secciones de jardinería, el noticiero y la novela de la noche por el espectáculo estelar, en el cual he podido ver los cambios de las fases de la luna en vivo y en directo.

En los últimos meses he aprendido  que debo levantarme cuando el gallo de mi vecino canta por cuarta vez, mi perra Mara ya no cree que los caballos son perros grandes y mi hija ya no piensa que la comida viene de los supermercados. Nos hemos maravillado con la abundancia de la naturaleza y hasta con la abundancia de las plagas, que no dejaron manzana sin agujero en la última cosecha o como  los caracoles y babosas, que con su un apetito voraz no han dejado ni apio, ni zanahoria  en pie en la pequeña huerta. Aprendimos que no solo existen abejas que viven en panales, nos hemos vuelto solidarias haciendo refugios para las abejas solitarias.

En el intermedio

Sin embargo, a pesar de  querer encajar  no somos como nuestros amables vecinos, que se  han divertido con nuestra ignorancia e incompetencia en temas del campo. Pero tampoco queremos ser seres de ciudad, aunque nos gusta participar mucho de las actividades culturales y artísticas que ofrecen los lugares cercanos. Tampoco hemos renunciado a la tecnologías porque nos mantenemos en contacto con la familia y amigos por WhatsApp y Skype, somos tal vez como dijo mi hija el primer día que llegamos aquí, el día en que nos instalaron el servicio de de internet: somos Campesinos con Wifi.

Sombras con la escalera para recolectar manzanas