El tigre y el pulpo

Por Fernando Galindo Gordillo

Oceanario, Lisboa.
Fotografía: Fernando Galindo Gordillo.

Era la primera cita. Como suele ocurrir intercambiamos risas, bromas e insinuaciones. Me gustaba su sonrisa. Hablamos de nuestros autores favoritos, de la música que nos gustaba, no recuerdo si hablábamos sobre la existencia de los extraterrestres, pero sí hablamos sobre los animales y no, no le gustaban… y no se refería a las palomas o a los ratones, se refería a los animales en general. Quedé pasmado. Mi interés desapareció a la manera en que un globo cuando lo besa un alfiler.

He vivido asombrado por nuestros compañeros de ruta a lo largo de mi vida. Entiendo a la perfección la dedicación de los veterinarios y los zoólogos. En mi memoria se conservan las historias de la literatura sobre los perros, los calamares, las ovejas y los gatos, incluso escribí un artículo sobre el tema. Me imagino que este amor comenzó en la infancia, no sé si lo soñé, pero recuerdo a mi mamá cuidando a una oropéndola que había caído herida en el garaje. Muchos de los momentos más conmovedores en la vida los he pasado en la compañía de un perro y estoy seguro de que para muchos también ha sido así. Cuando supe que Descartes los consideraba simples máquinas, lo desprecié. Después de ver quince minutos de un documental decidí convertirme en vegano y a pesar de los viajes y los tropiezos, lo soy y espero seguir siéndolo. Aquí en el blog hay una serie sobre este tema.

Cuando mi hermana bautizó este blog pensé durante un rato en la palabra clave, “Coherencia”. Hoy, cuando el imperio del capricho es exaltado hasta la saciedad, cuando infinidad de personas sueñan con darle rienda suelta a cualquiera de sus deseos, conviene examinarla con mayor cuidado. Coherencia proviene de unir, pegar. En el Diccionario de Filosofía del pensador existencialista Nicola Abbagnano, se lee “ (…) implica, en efecto, no sólo la ausencia de la contradicción, sino también la presencia de relaciones positivas que establecen una armonía entre los elementos del sistema.” Se trata, en suma, de entramar los ideales que abrazamos con nuestros actos; esto reclama un compromiso, una suerte de militancia que combate al capricho. Nos hemos acostumbrado a las arengas y a las marchas y a los avisos y a las consignas, muchos creen que es suficiente lanzar su indignación en las redes sociales sobre los incendios y sobre el maltrato, pero antes de cualquier queja es preciso pensar si estamos a la altura de nuestros ideales, si enlazamos nuestros actos a la luz de lo que representan. Resulta un privilegio ser testigo de las personas que sí lo hacen, que viven ese camino.

Porque no es sencillo, porque nuestras costumbres están tan presentes y han arado tan profundo que de manera casi automática terminamos repitiendo los actos que condenamos. Se precisa una conciencia, que quizá consigan los grandes discursos; sin embargo es imperativo mantenerla, que únicamente se logra cuando los comportamientos que la respaldan se convierten en hábito. La coherencia es la unión entre los ideales y los actos. Muchos claman por las grandes soluciones y sería extraordinario tenerlas, pero si tan solo contáramos con la coherencia de quienes defienden los ideales en los diferentes medios, tendríamos a nuestra disposición mucho más de cuanto tenemos.

Porque mucho de cuanto se habla sobre el medio ambiente y el cuidado de nuestro planeta se habla por moda. Porque cientos de quejas se formulan desde una plataforma moral inexistente, que quiere aprovechar el reconocimiento, pero busca ahorrarse el trabajo del compromiso. Las palabras son una herramienta asombrosa, no obstante la evidencia de su elevada capacidad de manipulación apareció desde muy temprano. Y ni hablar de las redes, los memes, los post, las quejas, los señalamientos. Quizá si el primer umbral de un ideal sean las palabras el último es el comportamiento. Sin este hay poco.

El amor y la curiosidad por los animales me ha llevado en los viajes a varios zoológicos y acuarios del mundo. La justificación de estos lugares nunca faltó en mi reflexión. Recuerdo la historia de una tortuga malherida que era cuidada en el acuario de Chicago. También las palabras de varios defensores de los zoológicos que hablaban de la importancia de estos lugares como sitios para la pedagogía y la enseñanza ambiental en las escuelas. El cuidado que he visto es extraordinario. El Oceanario de Lisboa es uno de esos ejemplos portentosos. Me gustaría defender los zoológicos y los acuarios justamente porque los quiero, porque sé que es mi mejor oportunidad de observar a las criaturas que he querido tanto. Sin embargo en Japón tuve dos experiencias que levantaron de inmediato un tribunal, la primera un tigre.

En el zoológico de Tokio, mientras la mayoría hacía una fila enorme para ver a los pandas, yo fui primero a los tigres, vi uno, un animal joven, con los músculos tensos, con la mirada fija en la puerta, sin determinar a las personas que lo mirábamos desde el cristal, caminando de un lado para otro una y otra vez. La mayoría de personas se fueron. El tigre continuaba desgastando el suelo. Yo me quedé, quién sabe durante cuánto tiempo. No pude tomar una sola fotografía, no era capaz; no me hubiera dolido tanto si estuviera echado en el suelo, sangrando. Muchos insisten en que no podemos comprender a los animales, que creamos una proyección de nuestra ética al instinto de ellos, pero esto no era así. Entre las criaturas más complejas el sufrimiento es un lenguaje universal: están los llantos, la mirada, la desesperación y eso lo entendemos y lo entendemos de sobra.

Cuando llegué a mi animal favorito el golpe fue contundente. El pulpo es una de las criaturas más extrañas y extraordinarias en nuestro planeta. Estamos a orillas opuestas en el árbol de la vida y, sin embargo, su desarrollo de la conciencia y el nuestro se encuentran. El pulpo juega, recuerda, se mimetiza, hace contacto con la mirada, se intuye que sueña por el comportamiento de su piel, sale de laberintos, ha escapado de acuarios, es un cazador asombroso, incluso emplea herramientas. Y un animal de semejantes capacidades permanece encerrado allá en un estrecho cubo de cristal. No sé quién lo dijo, pero el bienestar de una criatura está en el desarrollo pleno de su potencial. A partir de esto ninguno de los animales en un zoológico o acuario están bien, por más amplio que sea el espacio o sofisticado, por más estrecho. El tigre solo está bien en la selva; el pulpo, en el mar.

Necesitamos pensar nuestra ética a la luz de nuestras circunstancias actuales, de nada vale arrastrar una de un período histórico anterior a la industrialización y a la agricultura moderna, donde se no contaba ni con las posibilidades que hoy tenemos ni con el conocimiento que como especie hemos alcanzado. No tiene sentido que sigan existiendo zoológicos, por más sofisticados que sean, por más que contribuyan al aprendizaje. El respeto no puede tener excepciones, menos aun cuando la excepción descansa fundamentalmente en el entretenimiento.

El desafío de la coherencia no descansa en el instante en que nos enfrentamos a un episodio sencillo, sino cuando encaramos una dificultad, cuando debemos rendir a nuestros ideales el tributo de nuestro comportamiento. El cambio climático despierta la indignación de millones de personas en el mundo, pero conviene preguntar cuántos transforman efectivamente esta indignación en mitigar el problema. El cuidado animal es respaldado a cada instante, sin embargo cuando llega el momento de actuar y tomar medidas, comienza el desfile de excusas y caprichos que produce una satisfacción vacía y, ante las personas honestas, vergonzosa. La coherencia precisa sacrificios. Nos acostumbramos a pensar que todos nuestros gozos son inocentes y si bien algunos fueron satanizados durante siglos, otros, en realidad, tienen un precio, que por lo general no paga quien los disfruta. La encantadora curiosidad por ver a un pájaro encerrado lo paga él con su propia libertad.

Fotografía: Fernando Galindo Gordillo.

El consumismo tiene tu número. Segunda parte, “Lo vacío”

Fotografía: Fernando Galindo G.

Por Fernando Galindo Gordillo

Después de haber leído varias novelas y libros de antropología e historia, después de reconocer la belleza de las ciudades en las fotografías y en los documentales, en mis manos descansaba la oportunidad de recorrer Japón. Cuando lo escribo no termino de creerlo, pero fue así, y en las calles de Hiroshima y Kioto debía convertirme en el estudiante que atiende a los templos y a los museos, que quiere comprender los ritmos y la atmósfera que se dan en los lugares mismos donde se desarrolla la cultura. Aprendía, desde luego, pero el consumismo había llamado a mi número, las bolsas llenaban la habitación y, el control del cual me preciaba en otros lugares, incluso aquí en casa, había sufrido un desmayo.

En un abrir y cerrar de ojos pasaba de un extremo a otro en unos cuantos pasos. A un lado el bullicio de los centros comerciales y la ordenada exhibición de maletas y productos de belleza, al otro un templo silencioso, donde las personas aguardan su turno para purificarse las manos en una fuente con un dragón. En una esquina aparece una sofisticada calle con cafés elegantes y edificios portentosos; al interior, entre los caminos escondidos, la puerta de un templo, donde varios budas caminan a la orilla de fuente, entre piedras y pájaros. El desconcierto era normal.

Fotografía: Fernando Galindo G

En medio de esta situación pensé que era fundamental analizar mi relación con las cosas y levantar un tribunal que juzgara mis hábitos como consumidor. Estaba seguro de que las mismas lecturas y el trabajo que había hecho me echarían un mano, también tenía la sospecha de que el mismo Japón, su cultura tradicional, ofrecía una serie de recursos valiosos en este dilema.

Primero, detengámonos un instante a reflexionar: la atracción es inevitable y enciende la llama de la curiosidad (aparece una tienda nueva o estamos en un lugar diferente, nos han recomendado ese sitio); después, cuando nuestra observación ha quedado atrapada durante un buen tiempo, llega el momento definitivo de la compra o la partida y, cuando se ha repetido varias veces este proceso aparece un instante inconfundible: el hastío, las mismas cosas y las mismas vitrinas. Y el péndulo del cual habló Schopenhauer realiza su trabajo: del hastío vamos al deseo (¡hay algo nuevo!) y del deseo al hastío (esto… es lo mismo). De esa manera se forma un hábito que se repite independiente del lugar, a veces parece que lo controlamos porque lo repetimos en los mismos escenarios, sin embargo, cuando nos desplazamos de un lugar o la rueda de los cambios presiona el acelerador, el resorte del deseo se dispara una y otra vez. Y esta situación no es inofensiva, produce un verdadero malestar.

Creo que es fundamental pensar nuestra relación con los objetos. Esta es la primera idea. Dentro de los templos y los jardines, a lo largo de las diferentes ciudades, no se veía la desnudez pura, sino la dinámica entre unos cuantos objetos y el vacío, a la manera de esas pinturas taoístas que tanto influyeron en Japón. Se trata de una meditación cuidadosa en el espacio que se habita, en la pertinencia del objeto que se tiene y en la relación estética que se da entre los dos. Esto exige un trabajo peculiar.

Fotografía: Fernando Galindo Gordillo

En los viejos palacios de los zares allá en San Petersburgo, donde se asoman las fuentes y las interminables galerías de comedores, porcelanas y samovares, existe tanta decoración, son tantos los objetos, que la mirada termina cansándose y el trabajo y el ingenio de miles de personas molesta más de lo que agrada. Cuando Durero vendía sus grabados sus clientes consideraron que el orden de los precios debía obedecer a la cantidad de figuras que aparecía, así los más costosos eran los más llenos, justo los más difícil de observar. La idea del vacío es la clave.

Hoy la facilidad de comprar está al alcance de más y más personas. Nunca en la historia se había producido y se había tenido tanto. Aquí en el blog se encuentran numerosas entradas sobre las razones de estas circunstancias y las consecuencias de esta situación. El acumulador, no me refiero solamente a la caricatura de esa persona, sino a la mayoría que mira con recelo un cajón tan pesado que no desliza bien, vive una relación paradójica con las cosas: después de cierto punto mientras más tiene, menos; y no se trata solo de tener, sino de encontrar y usar, y no solo se trata de usar y encontrar, también de valorar. Y en esta relación el vacío desempeña un papel casi mágico.

Fotografía: Fernando Galindo G.

Mientras arreglaba la maleta, ya no me encontré pensando cuánto espacio vacío debía llenar con mis compras, sino cuanto vacío me hacía falta. Recordé un documental que había visto sobre minimalismo y encontré varias entrevistas y canales de videos. Estaba contento. Pensé que había encontrado una manera de liberarme, pero no tardé en reconocer que el desafío presentaba una complejidad considerable: no estaba lidiando con una premisa que había desmentido, no tenía enfrente una trampa cuya maquinaria había descubierto, se trataba de un hábito y los poderes convencionales del racionamiento no surten el mismo efecto: el fumador es capaz de informarse sobre el cáncer de pulmón mientras enciende su tercer cigarrillo. El consumismo tiene nuestro número, porque con las maneras más escrupulosas han formado un hábito, donde entienden que el precio de mantenerlo latente, de mandar tan rápido como fuera el péndulo, es apretar el acelerador de la novedad a cada instante. Sobre este tema también hay referencias en este blog.

Fotografía: Fernando Galindo G

Como un hada madrina una amiga antes de mi viaje me había regalado “La mente ansiosa” de Judson Brewer. Lo llevé al viaje, lo leí en el vuelo, practiqué algunos ejercicios de meditación y mientras recorría los jardines de piedra del budismo zen, entendí que frente a la cantidad de estímulos que estaba viviendo la meditación no debía ser una actividad esporádica, sino una disciplina diaria. Frente a un mundo saturado de estímulos comerciales no imagino mejor ayuda.  El vacío en nuestro entendimiento también es fundamental, esos momentos, los veinte o quince minutos diarios atendiendo a los ritmos de la respiración, contribuyen a guardar el gobierno de sí. Con la meditación reconocemos en cámara lenta al hábito que buscamos desterrar, lo reconocemos mientras ensambla sus elementos y, al ritmo que lo observamos, sí somos capaces de intervenir.

A pesar de estas reflexiones es importante decir que no podemos sobreestimar nuestras capacidades. La comprensión del vacío, como un elemento material y psicológico en nuestras vidas, es una herramienta fundamental, que permite adquirir más. Sin embargo no es suficiente. La defensa de nuestro libre albedrío necesita una revisión continua de nuestros hábitos, un examen riguroso, ya sea desde la misma comida hasta nuestras fantasías, desde la nutrición del cuerpo hasta el alimento del deseo.  Pareciera una exageración, pareciera que este fuera el momento para hablar de conjuras y pactos, pero no. Hemos sido educados por la saturación de estímulos comerciales, la palabra “educación” no cuenta con la fuerza suficiente: hemos sido –modelados- por esta saturación, mejor así. Cuando decimos –modelados- es claro que entre los distintos eslabones del sistema se busca el comportamiento más conveniente, la adicción. Lo han logrado y de qué manera y a qué costos.

Fotografía Fernando Galindo G.

Después del regreso mi relación con los objetos cambió a lo largo de estos días. Me maravilla el ingenio, el virtuosismo, la creatividad casi ilimitada que se despliega, sé que me gustaran decenas de productos que vea, pero ahora reflexiono con muchísimo cuidado antes de comprar cualquier cosa. Me leí el libro de Marie Kondo, de quien había visto decenas de videos, y me sentí maravillado ante la nueva relación que tenía con mi casa y con las cosas.  Seguí el método al pie de la letra y si bien mis convicciones religiosas son inexistentes, advertí que en la relación con nuestras cosas siempre latirá un animismo: lo sabe el músico con su guitarra, lo sabe el profesor con sus libros, lo sabes los padres con los dibujos de sus hijos. Debí encontrarle otro hogar a muchas cosas que me habían acompañado durante mucho tiempo y no fue sencillo. En este camino la relación con los objetos que me acompañan, la reflexión por el uso que les he dado y por las personas que las hicieron, ha cambiado notablemente, ahora aparece un elemento que la ansiedad y los viejos hábitos impedían ver con frecuencia: la responsabilidad; aparece otro, igual de importante, la gratitud.

Fotografía: Fernando Galindo G

El consumismo tiene tu número. Primer parte “Lo lleno”

 

El consumismo tiene tu número. Primera parte, “Lo lleno”

Fotografía: Fernando Galindo G.

Por Fernando Galindo Gordillo

En ocasiones es simplemente divertido deambular por las tiendas y mirar el desfile interminable de productos y recordar, a la manera socrática, la cantidad de objetos y productos que no necesitamos, tomarlos entre las manos, detallar las texturas y los colores y dejarlos de nuevo en la estantería a la espera de un comprador urgido que quizá sí los necesite, que quizá no sea inmune como nosotros a las seducciones del diseño. Se siente bien. Caminamos entre los anuncios de ofertas y la galería de productos con cierta altivez, pero es preciso recordar, de cuando en cuando, que el consumismo tiene nuestro número. Y esto merece una explicación… a decir verdad merece varias.

LeBron James ha sido uno de los jugadores de baloncesto más impresionante de todos los tiempos. Pareciera que los dioses no se hubieran ahorrado con él medio talento. Como todo gran jugador LeBron ha protagonizado varias leyendas, pero la más exquisita, según muchos, no fue la victoria de un campeonato, sino las finales de conferencia contra los Toronto Raptors en el 2018. Después de haber visto baloncesto durante toda mi vida puedo decir que esos partidos fueron lo más parecido a un pacto con el diablo. El fenómeno fue tan aterrador que recibió un nombre: LeBronTo. Cuando entrevistaban a los capitanes de los Raptors, uno de ellos, cabizbajo, casi llorando, pronunció la frase: “They got our number…they got it!”

LeBron y los Cavaliers sabían dónde les dolía las jugadas a sus oponentes, sabían cómo frenar sus ataques, sabían cómo propinar los suyos, los tenían calibrados desde el primer minuto hasta el final del partido. Tenían el número y lo iban a usar, habían descifrado cada aspecto de su juego y durante el partido no tardaron en convertirse en el gato que sencillamente se pasa al ratoncito de una pata a otra. Así pasa con el consumismo. Quizá en una tienda de variedades, quizá en centro comercial podamos deambular con la altivez de mirar los productos con cierto desapego como si estuviéramos libres de sus hechizos y encantos, y esto acaso nos dé cierta presunción, pero es un error sobreestimar nuestras capacidades. Aunque no parezca el consumismo tiene nuestro número y lo va a usar. 

Fotografía: Fernando Galindo G.

Salvo con los libros, he sido inmune a muchos de sus encantos. Mientras los demás se van de narices por comprar estos televisores o aquellos equipos, yo me había mantenido a raya, como si tuviera una suerte de control sobrehumano cuando los demás perdían el suyo. Me sentía orgulloso e incluso algo pedante: yo sí podía; los demás, no. Sin embargo comencé a reconocer que en los viajes flaqueaba, que tenía una serie de razonamientos especiales para comprar el imán para la nevera, la bolsita de tela, el regalo para el hermano, la camiseta con el escudo, cualquier tontería para dejar sobre una mesa o adornar las estanterías. Y he comprado algunas cosas hermosas que me han traído alegría o han sido útiles. También he comprado otras por el mero ejercicio de comprar, por darle un empujoncito más al circuito de la dopamina. Pero cuando me comparaba con los demás no salía mal librado: primero porque veía a las personas que más tonterías compraban, segundo porque los rivales no tenían mi número. Cuando llegué al Japón me di cuenta de que allí sí lo tenían.

Fotografía: Fernando Galindo G.

Traté de contenerme, había salido triunfador en tantos y tantos lugares, había ganado cuando los demás habían sido humillados en una tienda de peluches o de imanes, pero en las papelerías de Tokyo entendí que mis barreras se desmoronaban: eran las cajitas de música más hermosas que pudiera imaginar; el papel origami en una variedad de motivos y texturas exquisita en cada lugar y de todos los precios, eran los modelos desarmables hechos con pitillos, papel y cartón, ya fuera para hacer dinosaurios de treinta centímetros o el gato-bus de “Mi vecino Totoro” del tamaño de una mano. Me convertí en el indefenso ratoncito entre las patas. Las tiendas de cámaras fotográficas me esperaban con cada uno de los detalles que aparecen en los catálogos. El surtido de camisetas era inagotable, nunca me había imagino tantos y tantos diseños. En la estación central de Kioto era un té, un postre, entre centenares de tiendas; y, al tiempo que comenzó el desfile de excusas, la habitación del hotel se empezó a llenar de bolsas. El partido había iniciado y había arrancado mal…

Fotografía: Fernando Galindo .G

Por no decir terrible. En Shibuya, en la zona más turística y concurrida de Tokyo, la marcha de consumismo anda a esteroides, como ninguna zona que hubiera visto. Las quejas por la mala situación de la economía son comunes en Japón, pero no puedo imaginar cómo se veía antes si en ese momento me producía vértigo. Las personas gastan a manos llenas. Los centros comerciales crecen en cada esquina e incluso en las estaciones subterráneas. Hay ofertas, remates, luces, anuncios, nuevas colecciones, tiendas de kimonos, cajas, abanicos, furoshikes (son las telas decorativas para envolver), tiendas eróticas de más de cinco pisos y librerías de siete, sótanos de videojuegos de hace treinta años y edificios llenos de máquinas tragamonedas, locales enteros de máquinas dispensadoras con la cara de Goku, con modelos de las figuras prehistóricas de Japón, con los personajes de Mario Bross, con los mil y un peluches, y, si bien no están Los Avengers o Batman, la figura de Snoopy y Woodstock están en carpetas, abanicos, cajas, telas, llaveros…. La proporción me pareció abrumadora. Y semejante ritmo de compras crea un pulso en el lugar, el efecto de acumulación es difícil de prever, el circuito de la dopamina termina prendiéndose y de qué forma.

En “Del amanecer a la decadencia” (Taurus, 2001), Jaques Barzun cuenta la historia de cómo a mediados de la década de los veinte del siglo pasado el capitán de la armada Raymon Loewy ganó reconocimiento al señalarle a los fabricantes una manera más agradable de presentar sus productos. En ese instante comenzó la carrera. Hoy estamos presenciado su etapa más avanzada. La psicología ha ido desnudando los entresijos de nuestro albedrío. Las capacidades de los algoritmos y los computadores hacen posible manejar cantidades de información gigantescas. El mundo del marketing y la producción están en un momento que parece de ciencia-ficción. Por un lado, la enorme plaza del mundo ofrece casi todos los productos imaginables; por otro las estrategias para venderlos nunca han sido tan avanzadas. En una mano una galería casi infinita, desde kimonos para gato hasta tenis “inteligentes” que se amarran los cordones, algunos con el diseño más sofisticados imaginables; en la otra el conocimiento más avanzado en psicología y a partir de este conocimiento las estrategias de venta más rigurosas y efectivas. La dinámica que producen ambos frentes anda a una marcha asombrosa.

Fotografía: Fernando Galindo G.

Caí. En un abrir y cerrar de ojos tenía decenas de tonterías en la maleta. Yo pensé que mi contención era suficiente, pero las nuevas estrategias, la cantidad y la novedad de los productos, no tardaron en demoler mis defensas. Ante semejante emergencia, que los extractos de las tarjetas no tardaron en avisar, recordé mi frase más querida de Goethe: “Que solo hable de libertad quien se sabe gobernar a sí mismo”.  Para mí es una suerte de mantra. El gobierno de sí es el gran tema. Damos por sentado que somos libres cuando somos afectados por mil causas. Es preciso recobrar ese mando. La avanzada del consumismo de hoy precisa estrategias diferentes. 

Pero Japón no solo ofrecía “Lo lleno” en un consumismo avasallador, que se levantaba con una fuerza asombrosa delante de nuestro libre albedrío. Japón era la tierra que mejor había comprendido, a mi parecer, la necesidad del vacío. Sus largos y hermosos jardines, la sutilidad de su arte, la naturaleza de sus santuarios, la comprensión de las dinámicas entre las cosas y el espacio que habitan, todo enseña una estética y, esa estética, también es un modo de vida. Pronto las viejas enseñanzas que había leído en otras oportunidades salieron a mi encuentro. Japón tenía “lo lleno” en los distritos turísticos y en los centros comerciales; pero mostraba la importancia del vacío en su cultura tradicional.  De pronto, pensé, el gobierno de sí mismo se pueda ayudar aún más comprendiendo mejor este tema. Miré mi maleta suspirando. Estaba a mitad de viaje y estaba seguro de que en este enfrentamiento aún no se había escrito la última palabra.

Fotografía: Fernando Galindo G.

El consumismo tiene tu número. Segunda parte,“Lo vacío”

Los monstruo mercados

Fuente imagen: freejpg.com.ar

Por: Fernando Galindo

Los llamaron “Los filósofos de la sospecha”, esta denominación se debe a que estos pensadores consideraban que detrás de las instituciones y la economía descansaba una agenda secreta, que todo cuanto veíamos no era sino una marioneta que se contorsiona sobre el escenario; la tarea de los pensadores consistía entonces en seguir el camino de los hilos y llegar hasta las manos del titiritero, descubrir, en suma, la verdad. La sospecha era fundamental, pero para muchos era simple paranoia, hoy, por el contrario, parece inevitable.

Desde luego pareciera mucho más cómodo y agradable dejarse llevar por la corriente de anuncios publicitarios, fluir en medio de los empaques plásticos y las necesidades recién horneadas, pareciera más sencillo confiar en la publicidad y dejarse proteger bajo la tutela de las instituciones. Confiar en las fábricas, confiar en las empresas, no revisar las facturas, quedarse tranquilo con las cuentas impresas. Claro, resulta más simple. Para muchos, sin embargo, hay algo incomodo en esa presunta comodidad. El traje nos pica. El zapato nos talla, así de simple. Hemos tenido la suerte de vivir a caballo entre dos mundos, de contemplar en nuestra memoria dos horizontes que se distancian de manera radical: por un lado tenemos el mundo que se descubre ante nuestros ojos, donde el poder de la publicidad ha estirado sus tentáculos hasta la orilla más íntima de todas; por otro el mundo del pasado, donde esa publicidad y esas necesidades aún no alcanzaban semejante influencia sobre las personas. Cuando el pensador francés Gilles Lipovestky nos habla de las distintas edades de la publicidad da en el clavo: es preciso examinar esto. Ya lo hizo él en La felicidad paradójica. Nosotros examinaremos sólo una cuestión. Estos hipermercados, ultramercados, monstroumercados, (me robo la frase de los Simpsons).

La sospecha ya lleva años rondándome, ahora recuerdo la primera vez que apareció. Estábamos con mamá en la entrada de uno estos monstruomercados tomando algo, afuera llovía y no había ningún afán. Las atiborradas cajas se convirtieron en una obra teatral delante de nuestros ojos. De repente veíamos el desfile de carros llenos de electrodomésticos, de televisores, pitillos, licuadoras, palos de trapero, cajas de plástico, pareciera que cada familia fuera a amueblar su casa por primera vez. Era una detrás de la otra, parejas ya con hijos mayores, personas adultas, eran carros tras carros tras carros de mercado, un convoy interminable de bolsas de plástico y de cajas de cartón. Los dos nos preguntábamos qué había pasado, de dónde sacaban tanto dinero las personas, por qué había necesidad de comprar tantas y tantas cosas a cada instante: algo se había desatado en el mundo y no nos habíamos dado cuenta, quizá también éramos parte de semejante cambio. Finalmente escampó. Pasaron los años y comencé a comprender.

Hay una persuasión particular en la abundancia. Esos hipermercados no sólo son enormes vitrinas, sino que operan de una manera sutil en nuestro entendimiento: nos sentimos pequeños, nos sentimos obligados a comprar más cosas, a llenar nuestro carro, nos sentimos seducidos a pasear por cada corredor y mirar qué aparece, qué provoca a nuestros ojos. Un televisor parece algo nimio delante de doscientos. La abundancia rompe nuestro sentido de la proporción, clave para ver qué necesitamos y qué no.
Hace poco entré a uno de estos monstruomercados. Llevaba años sin entrar a uno de ellos, pero quedé atrapado por un anuncio publicitario de un computador y decidí recorrer media ciudad hasta cruzar sus puertas. A esta nueva generación de monstruomercados pareciera que la hubieran alimentado con esteroides. Hay más cajas registradoras, cada una con un enorme número encima, hay más corredores, el techo es más alto, por doquier hormiguean decenas y decenas de empleados ofreciendo desde tarjetas de crédito hasta galletas para perro. Estaba al interior de una bodega, pero era una bodega que perseguía un propósito particular. Había cajeros, seguros, agencias de viaje, bancos para dar créditos inmediatos, plantas, flotadores, tornillos, parrillas, sillas plegables, una lista interminable de servicios, un inventario infinito de cosas. La promoción se había agotado, decidí ver diferentes opciones y después de mucho sopesarlo escogí un computador. Cuando estaba en la caja comenzó de nuevo la obra teatral que habíamos visto con mamá. Cuando vi la hilera de carros que había delante de mí le pregunté a la familia si eran mayoristas, y no, no lo eran, solo necesitaban bloques gigantes de servilletas y atados gruesísimos de pitillos, trapos y bayetillas de diferentes colores, unas cuatro botellas de tres litros de gaseosa, entre tantas cosas.

Desde luego existe un ahorro en estos mercados, la publicidad lo sabe, pero sabe también que mientras una persona pasa horas y horas recorriendo los corredores, los impulsos se vuelven más sensibles y el gatillo de la compra comienza a deslizarse con mayor rapidez. Las necesidades inventadas brillan con otra fuerza. El frenesí de la compra se vuelve casi incontenible, allí están los cajeros y los créditos y los plazos y las tarjetas y los cheques. El camino de nuestros impulsos parece una autopista deliciosa que nos invita a pisar el acelerador aún más. Nos pensamos responsables y sensatos porque ahorramos en los pitillos que desde un principio no necesitábamos. Detrás de mí había una señora con su convoy de carros de mercado, revisando la lista de compras: “¿Encontró todo?” le pregunté. “Claro, aquí uno siempre encuentra todo y más”.

 

Un año vegano (Segunda entrega, la crisis)

Por: Fernando Galindo

Pero cambiar de dieta de una manera tan radical exigía que tomara todas y cada una de las medidas del caso, que pensara en mi salud, en las relaciones sociales, en la manera de hacer el mercado, en mis pobres estrategias culinarias. El primer paso era consultar a un nutricionista y a un doctor. Quise también practicarme un cuadro hemático para tener un punto de referencia sobre mis medidas del azúcar, los triglicéridos y el colesterol. Los primeros días no fueron difíciles, decidí ser vegano, no vegetariano, renunciaría… ¿esa es la palabra? No. Dejaría cualquier derivado de los animales, no comería la variedad de carnes, desde el pescado en el sushi hasta el pollo y sus alitas; no ingeriría derivados lácteos, desde el helado hasta el queso. No, no fueron difíciles lo primeros días.  El entusiasmo me invadía. A diario miraba documentales y consultaba páginas de internet. El doctor y una nutricionista me habían dado vía libre, me habían advertido de la necesidad de consumir B12 (ya hablaremos al respecto), y de estar atento a cualquier manifestación singular que ocurriera en mi cuerpo, pero tenía vía libre… y comencé. Pero comencé con una idea clara que siempre apareció en el horizonte: esto no era una camisa de fuerza.  El primer paso sería ser vegano por 21 días. Al siguiente haría arqueo de cuentas.

Y pasaron las semanas y mi paladar comenzó a cambiar lentamente. Algunos consideran que cambiar de dieta empobrece nuestras opciones, pero resulta todo lo contrario. Durante años llevaba comiendo lo mismo con algunas variaciones ocasionales, pero comía, en suma, igual; en cambio ahora y desde entonces comencé a degustar otras frutas y otros vegetales que antes no tenía en cuenta, conocí otros lugares, nuevas y renovadas formas de cocinar, distintos platos, diferentes postres. El placer estaba ahí y el rango de opciones comenzó a crecer. La alegría de comer no desapareció. Y no ha desaparecido aún.

Me sentí más fuerte, más lúcido, esas tardes donde la carne me mandaba a dormitar durante una hora después del almuerzo eran cosa del pasado. Los malestares estomacales desaparecieron como también los problemas de colón. Bajé unos cuantos kilos, me ejercité tranquilamente y entendí que el estereotipo del vegano débil es una completa tontería. Hay boxeadores, deportistas de altísimo nivel, campeones del iron man, cuya dieta vegana en lugar de entorpecer su desempeño les ayuda a conseguir la excelencia en sus diferentes campos. Comencé a sentirme mejor. Son muchos los que adoptan la dieta vegana en aras de mejorar su salud, ese no era mi caso, en términos generales yo me sentía bien y el aumento en el colesterol y el azúcar lo resolvía sin mayor inconveniente. Me sentía normal, pero siendo vegano me siento mejor.

Hay tres caminos que llevan hasta aquí: el primero es la salud, no son pocos los que advierten como un componente fundamental de sus malestares la dieta que llevan y deciden entrar en este mundo, informarse mejor, comer diferente. Según miles de testimonios las diferencias aparecen pronto. Al respecto sugiero que el lector consulte otras entradas, documentales y textos que dan cuenta de los beneficios de esta dieta.

El segundo camino es el medio ambiente. Las preocupaciones del día a día quieren hacer parecer este tema como marginal, pero de todos los temas me atrevería a decir que este se encuentra entre los más importantes. Solamente un caos planetario desembocaría en una guerra nuclear donde las grandes potencias vacíen sus existencias de ojivas nucleares uno contra la otra, convirtiendo a las ciudades en hirvientes campos humeantes donde ni un trébol se asome de la tierra, pero a pesar de las dificultades, y los noticieros insisten en que no son pocas, quiero ser optimista y pensar que estamos lejos de una situación así. Solamente hay un mal político que amenaza directamente la existencia de nuestra especie: y es la negación y la falta de medidas drásticas para controlar el cambio climático. La contribución de la ganadería al respecto es inmensa, es incluso mayor que la que producen los carros. ¿Parece increíble, cierto? Invito al lector a que se informe al respecto.

El tercer camino es los animales. No, la vaca no muere dejando un testamento donde señale que quiere donar su cuerpo a los pobres humanos hambrientos que quieran transformar su cuerpo en combustible para sus alegrías. No, el pollo no muere plácido después de una vida tranquila y sencilla. No, el pez no se siente liberado por salir en red del mar. Nuestro mundo está lleno de miles de campos de concentración (la expresión es del escritor judío Bashevis Singer, el premio nobel de 1968) donde torturamos millones y millones de animales. Nos sentimos alarmados porque en China haya un festival donde se vendan perros para comida, (y cientos de activistas van a rescatarlos).  Nos avergüenza la cacería de delfines por parte de los japoneses, pero como sociedad no tenemos autoridad moral alguna. No la tenemos, así de sencillo. Vivimos en un estado de negación frente a los mataderos, no queremos saber qué pasa allí, es así de simple. Que torturen, despellejen, descuarticen, rompan, quiebren, muelan, a la vaca, que licuen a los pollitos, que despedacen a los peces. Si nuestra lucha es contra el sufrimiento, los mataderos desdicen cualquiera de nuestros esfuerzos.

Cientos de personas simulan que hay una disyuntiva frente a los dones de la salud de las dietas veganas, y la discusión, según algunos, sigue abierta. Cientos también niegan la existencia del cambio climático (incluso toman curso para reforzar sus argumentos). ¿Pero quién podrá negar la tortura que el mundo practica en sus perros, vacas, pollos y delfines, por nombrar algunos? Claro, esto es molesto de decir, molesto de leer (lo sé), es molesto, pero es verdad. A mí también me molestaba, pero sabía que era verdad. No somos los cazadores cuya subsistencia está en riesgo por no cazar el búfalo de la pradera; no vivimos con los esquimales que necesitan de las focas para sobrevivir. Tenemos una opción. Que queramos tomarla, ese es otro tema.

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Por: Fernando Galindo.

Lo decidí, era mi última hamburguesa. No deseaba esas hamburguesas acartonadas que parecen muestras gratuitas en el supermercados, no, quería que fuera enorme, que tuviera queso, tocineta, huevo, que tuviera tantos extras como se pudiera, que fuera tan desmesurada que me costara abrir la boca para darle el primer mordisco a los dos pedazos de carne, a la tímida lechuga, a los pepinillos que no tardarían en escaparse del pan. Era la última hamburguesa y debía ser especial. ¿Papas? Agrandadas, por favor; ¿Bebida? Qué tal una malteada, con trocitos de chocolate aquí y allá. Yo adoraba las hamburguesas, sentía pasión por la pizza, me encantaban los perros calientes, devoraba helados, pero esta dieta tan despreocupada debía terminar, tenía que hacerlo, esta sería la última hamburguesa, el último pedazo de carne. Delante de mí se levantaba el mayor de los desafíos, reescribir, de todos, el hábito más importante.

No, yo no comía tan mal. ¿Había subido de peso? Sí, algunos kilos, pero hacía ejercicio y aunque en un par de oportunidades mis exámenes lucieron mal era cuestión de practicar algunos ajustes y, en un par de meses, recuperaba la forma y regresaba a la normalidad. Ya poco a poco había introducido algunos cambios, había dejado de comprar tantos empaquetados, tantas chocolatinas y pensaba que la dieta que seguía aquí en casa era suficiente, pero de repente ocurrió, me di cuenta de algo verdaderamente asombroso, algo tan evidente que no tardó en parecerme…tonto. Mi comportamiento caía en una ingenuidad casi insoportable. Me explico.

Desde muy temprano sentí que el cuestionamiento era una de las llaves para conseguir una mejor vida, una vida más ética, más honesta. Cuando Sócrates sentenció que una vida sin examen no vale la pena ser vivida, sentí que la tarea de la filosofía había sido señalada con una claridad contundente: debemos preguntar, por incómodo que fuera; hay zozobra en las dudas, pero también liberación. Y a lo largo de los años decidí preguntarle a las grandes tradiciones religiosas y políticas, pero nunca pensé que la comida fuera tan importante, pensé que las preguntas debían ser dirigidas a los grandes temas y que la comida no era una de ellos. Desde luego, estaba equivocado.

Y cuando comencé a preguntar atravesé los típicos estados de quien ve un edificio desmoronarse. Y en aras de hacerlo más claro, voy a enumerarlos.

  1. Primero, simple y pura negación. Miles y miles de personas se quedan en este estadio y los comprendo, resulta difícil darle crédito a las barbaridades que se comienzan a encontrar… y son una y otra, se apilan los datos sobre el trato a las carnes y a los animales, sobre los componentes que abundan en las salsas, sobre los componentes de ese pedazo de ponqué, de la chocolatina, del bistec. Produce vértigo. Muchos optan por negar de nuevo. Decir, con un orgullo muy pálido, que es preferible ignorar. Lo único que me importa de la salchicha es que sabe bien, ya preguntar de dónde vino, cómo la hicieron, cómo afecta el cuerpo humano, eso… mejor no.

 

  1. Segundo, indignación. Ya reconocemos que la situación es deplorable y comenzamos a buscar culpables. Nos formulamos mil preguntas: ¿Cómo es posible que se permita la venta de estos productos? ¿No deberían decirnos? ¿Pero es que no hay nadie que consulte las estadísticas? Nuestra confianza en las instituciones recibe otro golpe más.

 

  1. Tercero, reconocimiento colectivo. De repente entendemos. Y levantamos la mirada y nos damos cuenta de que el desorden alimenticio en que vive nuestra sociedad está por doquier. Todo cobra sentido: desde las enfermedades coronarias hasta la diabetes, desde la galopante obesidad infantil hasta las adicciones a las gaseosas. ¿Qué dictamen podríamos arrojar en una sociedad donde hay millones de personas obesas y millones de personas a punto de morir de inanición?

 

  1. Cuarto, reconocimiento personal. Sí, también hemos participado de eso. También hemos escogido la ignorancia. También hemos dado la espalda. La parte más difícil de todo esto es responder a la pregunta de cuánta participación hemos tenido, cuál es nuestra responsabilidad.

 

  1. Quinto, decisión. ¿Qué vamos a hacer al respecto?

 

La negación no fue sencilla. No me faltaba un prejuicio al respecto. En más de una oportunidad había discutido con vegetarianos y había despedazado sus argumentos una y otra vez. Mientras ellos hablaban de salvaguardar a los animales, yo los refutaba hablando de su desconocimiento de la naturaleza; mientras ellos hablaban de conservar un equilibrio, yo sostenía la necesidad de aceptar la tragedia de la vida. La vida vive de la muerte, que la presentación del sacrificio haya cambiado es un tema, pero el principio, decía, se mantiene. Y con argumentos así podía abrazar tranquilamente mi dogmatismo alimentario. No hay nada erróneo en mi dieta, nada, así, tal cual, está muy bien: cualquier alternativa sería una negación de mi naturaleza, me haría una persona débil, crearía un enfermo donde había un deportista, no.  De repente me informé.

Y los viejos prejuicios comenzaron a disiparse uno después del otro. Vivía envuelto en un dogmatismo, vivía manipulado a cambio de mi salud y mi fuerza, en aras de los intereses de unos, que poco o nada piensan en mi salud. Tuve que liberarme del espíritu de la comodidad para aprender a leer los ingredientes e informarme mejor. Paulatinamente iban saliendo algunos productos de la canasta del mercado.

Me indigné, pero en este momento de mi vida no era una sorpresa comprender que los gobiernos fueran manipulados por algunos para salvaguardar sus intereses, que los ciudadanos fuéramos contemplados desde la perspectiva mezquina de consumidores y productos desechables según las circunstancias y las conveniencias. Esta es una realidad dolorosa, pero realidad sin embargo. Levanté la cabeza y reconocí la magnitud del problema. Sabía que la dieta que la mayoría llevaba tenía un componente sobre la salud del hombre, y si bien hay cientos y cientos de discusiones al respecto, algunos de los mayores especialistas han sentado su voz clara sobre los efectos de la carne en el cuerpo humano. Cuando la OMS (La organización mundial de la salud) recomendó moderación, la pila de evidencia que relacionaba la carne roja con el cáncer había alcanzado una masa crítica. Pero fueron astutos, la palabra “moderación” maquillaba todo de forma extraordinaria.

Pero esta situación no era solo culpa de los demás, del sector público y del sector privado, esta también es mi responsabilidad. Y pronto recordé varias de mis largas conversaciones con vegetarianos y ese fastidio que me producían por querer descubrir mis culpas justo cuando estaba comiendo un pedazo de carne. Me irritaba. Me costaba tolerarlo. Me hablaban de las tristezas de las vaquitas justo cuando llegaba a mi nariz el delicioso e inconfundible aroma del bistec, me hablaban sobre la crueldad, el maltrato, la mezquindad. La carne no me sabía igual. Y yo, a cambio, atacaba: y uno y otro nos dañábamos el almuerzo: él, mi bistec a caballo; yo, su tofú.

Yo he sido responsable en esto, no puedo negarlo. Me di cuenta de que estaba a punto de tomar una decisión que afectaría cada una de las relaciones en mi vida, pero no podía jactarme de ser un referente moral al respecto: cambiar mi dieta no iba a borrar mi pasado. Si los pollos hicieran un juicio por la hecatombe que les hemos causado, yo también sería culpable. Comí pollo cuando tenía hambre, cuando estaba lleno, por necesidad, por gula, por diversión, por desocupado, por curiosidad, por desafíos, por cualquier cosa, yo tomaba un pata de pollo y la degusté, a veces lenta y minuciosamente, a veces de manera voraz. A menudo dejaba los huesos pelados; en algunas ocasiones arrojaba las presas a la basura tal cual habían llegado a mi plato: rabadilla, pata, alita y pechuga. Lo supe antes de iniciar este camino: yo no sería un referente moral; me sentiría satisfecho si con el paso de los años fuera un referente para mis cercanos de que se puede cambiar, que vale la pena hacerlo.

No es sencillo, claro.

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