Un año vegano (tercera y última entrega: los problemas y la decisión)

Por: Fernando Galindo.

Fuente imagen: freejpg.com.ar

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¿Sería mi propósito de cambiar uno más de final de año, que tan pronto finalizaran las vacaciones se desharía entre las manos? ¿No nos ha sucedido a todos? Queremos una rutina de ejercicio, queremos ser más cautos con nuestras compras, pasar más tiempo delante de un libro, pero terminan las vacaciones y las viejas costumbres nos esperan con la misma fuerza, dispuestas a mantener el lugar que han defendido durante tantos años. Están los afanes del día a día. Están las reuniones. Aparecen las largas jornadas laborales. Esos momentos donde no hay alternativa. Esos instantes donde sencillamente no queremos pensar más y ceder ante la opción más sencilla. Pero convertirse en vegano no sólo sería cambiar las costumbres, tarea, ya por sí sola, dificilísima, había un elemento más.

Yo siempre había estado del otro lado de la mesa, pero ahora que estaba de este lado la situación no lucía prometedora. Sufrí las bromas de la mayoría de mis amigos, sentí que no estaba preparado para el golpe que iba a sufrir mi moderada vida social: a cada instante aparecía la conversación y el ejército de preguntas empezaba a desfilar: qué pasa, qué comes, qué haces, por qué lo haces y qué puede comer, y cuál es la diferencia, y cuánto tiene que durar, si es peligroso, si es nocivo, qué causo tuvo, qué postura defiende, cuándo va a regresar. Era aterrador. No podía evitar el tema. Tenía que hablar una y otra vez de lo mismo. Estaban, desde luego, los bromistas.

 

“Los vegetarianos están acabando las plantas, por eso son buenos los asados; sí, los animales tienen derechos, el puerco y la vaca tienen derecho a estar deliciosos; ¿y los tomates, Fernando? ¿No ha pensando en los pobres tomates que usted macera, machaca y hierve, no merecen el mismo respeto que los pobres patos y los infelices pollos?” Lo escuché todo. Pero yo también había hecho miles de bromas y a menudo sentía que no era el momento de hablar al respecto, que debía pasarla por alto, después de todo era una broma más. Pero las bromas se hicieron más pesadas. Y sí, muchas veces son molestas. Pero por mucho las prefiero a las recomendaciones.

Porque no faltaron. Hubo personas obesas que me hablaron con la mayor seriedad acerca de la salud, acerca de cómo habían conocido un caso de una persona vegana que se había enfermado, y como su desmayo intempestivo estuvo estrechamente ligado a la falta de nutrientes. Y decían nutrientes despacio, saboreando cada sílaba: nu-trien-tes. Me hablaron sobre la evolución y me sacaron los colmillos, para ser más enfáticos. Desestimaron mi postura, rebajándola a un brote de adolescencia, digno de un snob. Antes de ser vegano no sabía que el mundo estaba lleno de expertos en alimentación, que no tuvieron que leer un libro ni informarse sobre la comida, que confiaban con una tranquilidad pasmosa en todo cuanto su mamá les había dicho sobre la comida, datos que en su mayoría venían generosamente de la televisión. Me llamaron débil, se preocuparon por mis músculos, temieron que, en cualquier momento, me fuera a desmayar. Delante de la conversación todos lucían saludables, fuertes, perfectos. Yo me estaba separando de una vía claramente exitosa.

 

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Hubo personas solidarias, que si bien no compartían mi punto de vista no dudaban en acompañarme a los nuevos restaurantes y mantener el tema en una pulsión de baja frecuencia. Mi familia fue esencial: gradualmente fueron tomando alguna de estas ideas e incorporando una serie de cambios, cada quien a su ritmo. Averiguábamos sobre la comida, mirábamos documentales, buscábamos más y mejor información, compartíamos nuestra experiencia. Mentiría si dijera que mi vida social no sufrió un golpe. Lo hizo. Sin embargo mi cuerpo también tenía su respuesta. También mis ideas se hicieron más claras. Hablé con varias personas que habían sido veganas y muchos me contaban cuáles fueron sus razones para volver a los viejos hábitos: a veces eran los viajes, a menudo la vida social, pero casi siempre la decisión descansaba en la vida con los otros. Este cambio apuntaba reescribir el hábito más arraigado entre todos, incluía desaprender el bombardeo de la publicidad, el gusto que aparecía en nuestro cuerpo, la comodidad de una sociedad que facilita al carnívoro todo. Logré triunfar en mi vida laboral, varias personas terminaron comiendo frutas y vegetales a pesar de sí mismos. Quise ser estricto, pero resultaba casi imposible con los productos lácteos. Con las carnes, lo conseguí. Pero hubo un par de momentos difíciles.

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Cuando sentía mucha hambre y pasaba cerca de una pollería debía luchar frente a los impulsos, yo sé, suena extraño decir esto en una sociedad que enaltece dar rienda suelta a nuestros impulsos, pero lo conseguía, sabía que tenía una alternativa por la que había optado, una manera de vivir que añoraba defender. De repente ocurrió. Sentía cierta debilidad. Mi memoria de corto plazo obedecía con mucho desgano. A través de mis manos sentía que corría un cosquilleo insoportable. Me afanaban mis reflejos, quería saber qué me estaba ocurriendo, temía, estaba seguro de que esto no era un virus. Algo había en mi dieta. Busqué los síntomas, traté de rehacer lo que había comido y me di cuenta de que el frasco de la B12 estaba casi intacto. Todo se ajustó como un rompecabezas. Busqué más información sobre la B12. Nuestro cuerpo guarda reservas de esta vitamina, pero una vez se consumen estas reservas ocurren algunos de los síntomas. La B12 sería el argumento estelar para combatir el veganismo, porque proviene de la ingesta de carnes, pero según varias fuentes ya ni siquiera se encuentra en las carnes de manera natural: los alimentos que les dan a esto animales ya no les sirven para procesar la B12, ahora tienen que dárselas en suplemento. Yo había olvidado la B12 y si bien sentía que había llevado mi dieta con éxito la mayoría del año, todavía tenía mucho que aprender.

Después viajé. Y la casualidad hizo de las suyas conmigo. Pedí una hamburguesa vegana y me dieron una hamburguesa de lentejas de quién sabe qué época, adornada, cómo no, con dos huevos como escoltas. Pasé hambre, me aburrí y en un día pedí un jugo con leche y semejante cantidad (y calidad) de leche me destrozó. No me había intoxicado en todo el año y ahora era mi turno, justo en pleno viaje. Luego, aburrido de todo, comí pescado, comí un róbalo y mientras enterraba el tenedor entre la piel frita, sentí… asco… sí… asco. Miré la manera de cocinar que tanta fama tiene en mi país, la cocina costeña, y sentí que lavaban cada cosa en aceite viejo y requemado, que echaban kilos de azúcar a cualquier bebida, que hacían de cualquier forma lo que servían. Por un instante pensé que estaba atrapado, que mi decisión había transformado mi cuerpo y que ahora no podía volver atrás. Pero, ¿si había transformado mi cuerpo, no era para bien? Miré a mi alrededor y entendí que estaba enfrentando mi primera crisis, que debía sortearla, que debía comprender en qué momento estaba, qué me ocurría. Había viajado con la ingenuidad de pensar que detrás de la publicidad que anunciaba “opciones vegetarianas” había alguna opción de verdad.

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No, no ha sido sencillo. Pero además de ser más saludable, ha sido extrañamente divertido. He conocido nuevas personas, aprendí a cocinar nuevos y distintos platos, mi paladar se ha transformado, siento que conozco ahora mejor el paradigma más arraigado de todos. A veces comienza la inevitable broma y el bombardeo de preguntas, pero tengo algunas respuestas rápidas para cortar el tema: “salvo el león marino, yo adoro a los animales, y mientras tenga una opción para alimentarme de manera saludable, sin dañar su vida, lo haré. Tengo a Kafka y a Da Vinci de mi parte, y al maestro de la no violencia, León Tolstói. Todos estamos en la lucha contra el sufrimiento, ¿no es cierto?” Pero hay veces que detrás de las preguntas hay una curiosidad, hay cierta sospecha, y, en ese instante, no queda mejor remedio que hablar: hoy creo que esta es una de las mejores cosas que he hecho y cuando tocamos una bondad queremos dar algo de eso a los demás. No quiero ser el evangelista que toca a la puerta durante las mañanas del domingo, pero sí alguien con quien al respecto se pueda hablar.

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Pero cambiar de dieta de una manera tan radical exigía que tomara todas y cada una de las medidas del caso, que pensara en mi salud, en las relaciones sociales, en la manera de hacer el mercado, en mis pobres estrategias culinarias. El primer paso era consultar a un nutricionista y a un doctor. Quise también practicarme un cuadro hemático para tener un punto de referencia sobre mis medidas del azúcar, los triglicéridos y el colesterol. Los primeros días no fueron difíciles, decidí ser vegano, no vegetariano, renunciaría… ¿esa es la palabra? No. Dejaría cualquier derivado de los animales, no comería la variedad de carnes, desde el pescado en el sushi hasta el pollo y sus alitas; no ingeriría derivados lácteos, desde el helado hasta el queso. No, no fueron difíciles lo primeros días.  El entusiasmo me invadía. A diario miraba documentales y consultaba páginas de internet. El doctor y una nutricionista me habían dado vía libre, me habían advertido de la necesidad de consumir B12 (ya hablaremos al respecto), y de estar atento a cualquier manifestación singular que ocurriera en mi cuerpo, pero tenía vía libre… y comencé. Pero comencé con una idea clara que siempre apareció en el horizonte: esto no era una camisa de fuerza.  El primer paso sería ser vegano por 21 días. Al siguiente haría arqueo de cuentas.

Y pasaron las semanas y mi paladar comenzó a cambiar lentamente. Algunos consideran que cambiar de dieta empobrece nuestras opciones, pero resulta todo lo contrario. Durante años llevaba comiendo lo mismo con algunas variaciones ocasionales, pero comía, en suma, igual; en cambio ahora y desde entonces comencé a degustar otras frutas y otros vegetales que antes no tenía en cuenta, conocí otros lugares, nuevas y renovadas formas de cocinar, distintos platos, diferentes postres. El placer estaba ahí y el rango de opciones comenzó a crecer. La alegría de comer no desapareció. Y no ha desaparecido aún.

Me sentí más fuerte, más lúcido, esas tardes donde la carne me mandaba a dormitar durante una hora después del almuerzo eran cosa del pasado. Los malestares estomacales desaparecieron como también los problemas de colón. Bajé unos cuantos kilos, me ejercité tranquilamente y entendí que el estereotipo del vegano débil es una completa tontería. Hay boxeadores, deportistas de altísimo nivel, campeones del iron man, cuya dieta vegana en lugar de entorpecer su desempeño les ayuda a conseguir la excelencia en sus diferentes campos. Comencé a sentirme mejor. Son muchos los que adoptan la dieta vegana en aras de mejorar su salud, ese no era mi caso, en términos generales yo me sentía bien y el aumento en el colesterol y el azúcar lo resolvía sin mayor inconveniente. Me sentía normal, pero siendo vegano me siento mejor.

Hay tres caminos que llevan hasta aquí: el primero es la salud, no son pocos los que advierten como un componente fundamental de sus malestares la dieta que llevan y deciden entrar en este mundo, informarse mejor, comer diferente. Según miles de testimonios las diferencias aparecen pronto. Al respecto sugiero que el lector consulte otras entradas, documentales y textos que dan cuenta de los beneficios de esta dieta.

El segundo camino es el medio ambiente. Las preocupaciones del día a día quieren hacer parecer este tema como marginal, pero de todos los temas me atrevería a decir que este se encuentra entre los más importantes. Solamente un caos planetario desembocaría en una guerra nuclear donde las grandes potencias vacíen sus existencias de ojivas nucleares uno contra la otra, convirtiendo a las ciudades en hirvientes campos humeantes donde ni un trébol se asome de la tierra, pero a pesar de las dificultades, y los noticieros insisten en que no son pocas, quiero ser optimista y pensar que estamos lejos de una situación así. Solamente hay un mal político que amenaza directamente la existencia de nuestra especie: y es la negación y la falta de medidas drásticas para controlar el cambio climático. La contribución de la ganadería al respecto es inmensa, es incluso mayor que la que producen los carros. ¿Parece increíble, cierto? Invito al lector a que se informe al respecto.

El tercer camino es los animales. No, la vaca no muere dejando un testamento donde señale que quiere donar su cuerpo a los pobres humanos hambrientos que quieran transformar su cuerpo en combustible para sus alegrías. No, el pollo no muere plácido después de una vida tranquila y sencilla. No, el pez no se siente liberado por salir en red del mar. Nuestro mundo está lleno de miles de campos de concentración (la expresión es del escritor judío Bashevis Singer, el premio nobel de 1968) donde torturamos millones y millones de animales. Nos sentimos alarmados porque en China haya un festival donde se vendan perros para comida, (y cientos de activistas van a rescatarlos).  Nos avergüenza la cacería de delfines por parte de los japoneses, pero como sociedad no tenemos autoridad moral alguna. No la tenemos, así de sencillo. Vivimos en un estado de negación frente a los mataderos, no queremos saber qué pasa allí, es así de simple. Que torturen, despellejen, descuarticen, rompan, quiebren, muelan, a la vaca, que licuen a los pollitos, que despedacen a los peces. Si nuestra lucha es contra el sufrimiento, los mataderos desdicen cualquiera de nuestros esfuerzos.

Cientos de personas simulan que hay una disyuntiva frente a los dones de la salud de las dietas veganas, y la discusión, según algunos, sigue abierta. Cientos también niegan la existencia del cambio climático (incluso toman curso para reforzar sus argumentos). ¿Pero quién podrá negar la tortura que el mundo practica en sus perros, vacas, pollos y delfines, por nombrar algunos? Claro, esto es molesto de decir, molesto de leer (lo sé), es molesto, pero es verdad. A mí también me molestaba, pero sabía que era verdad. No somos los cazadores cuya subsistencia está en riesgo por no cazar el búfalo de la pradera; no vivimos con los esquimales que necesitan de las focas para sobrevivir. Tenemos una opción. Que queramos tomarla, ese es otro tema.

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